Madre trata de convencer a su hija de 7 años de que Dios no existe porque la ciencia no lo ha probado; lo que la pequeña le contesta es algo maravilloso.

“Mucha gente cree en Dios, pero la ciencia no”

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La conversación se llevó a cabo en el living del condominio en el que vivo con mi familia, mientras mi hija mayor hacía sus tareas y la menor me pidió que “conversáramos”.

“¿De qué quieres conversar?”, le pregunté. “De cuando eras más joven”, respondió súper emocionada como si mi vida escondiera todos estos misterios valiosos que ella quería develar.

“¿Alguna vez te conté de mi misión?”, le pregunté. Ella contestó “no”, aunque las dos sabíamos que ya habíamos hablado del tema; pero ella, como todos los niños, parece descubrir algo nuevo cada vez que escucha mis relatos, aunque sea por décima vez.

Comencé hablando de Dios, ya que yo serví una misión religiosa por un año y medio. Allí fue cuando le expliqué que hay gente que cree en Él y hay quienes no lo hacen. Luego le dije que mucha gente que no cree en Él se ampara en la ciencia.

“¿Y por qué la ciencia no cree en Él? Preguntó, un tanto asombrada, como si para ella eso no fuera posible de concebir. “Porque la ciencia no ha podido probar con hechos que Él en realidad existe”, le respondí.

Con su mirada perdida y un tanto asombrada se quedó en silencio, algo que es imposible lograr con mi hija.

Para romper esa pausa, le hice una pregunta.

¿Tú crees que Dios existe, aunque la ciencia piense lo contrario?

“Yo sé que Él es real”, respondió sin un ápice de dudas en sus ojos. Respondió de la misma forma que una persona puede responder, sí o no, a la pregunta de si ‘éste o aquel’ es su nombre. Ella lo sabía, sin dudar y como si ella y Dios fueran amigos o parientes desde siempre.

¿Por qué traté de ver su reacción ante mi comentario sobre Dios y la ciencia?

 

No soy atea, pero creo en que los niños deben ganar su propio conocimiento y testimonio de las cosas, creo que ellos no deben creer lo que alguien más cree sólo porque esa persona así lo ve. Explicándole lo de la ciencia quise saber qué era lo que en realidad ella sentía y creía acerca de Dios.

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“Yo sé que hay otra vida”

Creer que existe otra vida después de esta en la que nos vamos a reencontrar con quienes partieron antes que nosotros es un don.

“Yo sé que hay otra vida y que después de la muerte nos vamos a volver a ver, así que a mí la muerte no me da miedo”, continuó. Completamente asombrada con la seguridad de mi hija, y con la piel de gallina al escuchar su convicción, seguí indagando.

“¿Crees que Dios puede darte lo que le pides?

Ella contestó, “Él te escucha”. Para ver si se contrariaba le pregunté, “¿entonces es como un hada madrina o Santa?”, y su respuesta otra vez me dejó muda.

“No mamá. No es como un hada, esos son deseos que uno pide, pero con Dios hablamos todo el tiempo, y le pedimos por las cosas que nos hacen falta. No por deseos”.

“¿Y tú hablas con Dios?”

“Sí. Cuando Sneezy (nuestro perro), se enfermó, yo le pedí a Dios que lo cure, y Él lo curó. Dios sabía que eso era importante para mí”. Yo le pregunté, “¿y quién te enseñó todo esto?”, y ella respondió, otra vez sin vestigio de dudas en su mirada, “Nadie mamá. Yo lo sé”, y una sonrisa con un cierto tono de sarcasmo, implicando que la respuesta debía ser obvia para mí, le siguió.

 

A esto agregó, “mamá, deberíamos volver a ir a la iglesia”.

En ese momento, su hermana mayor entró al living anunciando que había terminado con las tareas. Ella la miró y con su sonrisa y picardía de costumbre le dijo, “vamos a jugar”.

Las dos subieron corriendo al segundo piso, mientras yo trataba de digerir lo que acababa de vivir.

La ciencia no me había comprobado que Dios en realidad existe, pero mi hija de 7 años lo había hecho. ¿Cómo podía hablar con tanta seguridad? ¿Cómo conocía tan bien a Dios? ¿Cómo sabía que no hay que temer a la muerte porque nos vamos a volver a ver?

La única forma en la que me imagino que ella lo sabe con tanta certeza, es porque tiene que ser verdad.

“De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos”, Mateo 18:3.

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